De lo personal a lo transpersonal.A lo largo del Siglo pasado y sobre todo, durante los últimos 40 años, la sociedad occidental ha asistido a un sinnúmero de crisis y rupturas de lo que hasta entonces había considerado como los pilares sobre los cuales se sostenía: la razón, la ciencia, la política y la economía. Contando obviamente, con la “siempreviva”, por lo menos en nuestros inconscientes, moral judeocristiana. Ese personaje individual, material, abocado al éxito por la gracia de la razón, empezó a resquebrajarse pues, a pesar de los masivos esfuerzos culturales por mantenerlo en pie, continuaba siendo una persona enferma, doliente y sin un sentido de vida que justificara su sufrimiento en este mundo.
Paralelo a esa caída, múltiples eventos para los que no había respuestas claras comenzaron a causar algo más que curiosidad. Experiencias cumbre, vivencias místicas, estados alterados de la conciencia, experiencias cercanas a la muerte y otros fenómenos que hasta entonces habían sido considerados como patológicos empezaron a generar dudas en la ciencia. Fue entonces cuando surgió la psicología transpersonal, como una expansión en el campo de la investigación para incluir dimensiones de la experiencia y el comportamiento humanos que se asocian con el bienestar y la salud in-extremis.
El término “transpersonal” se centra en aquellas experiencias que trascienden la identidad más allá de los límites de la individualidad y la personalidad[1]. No es una teoría de la personalidad. A diferencia de los otros modelos dominantes en psicología, la Psicología transpersonal considera a la personalidad como un aspecto más de nuestra naturaleza psicológica, no el centro. Es decir, la psicología transpersonal indaga sobre la naturaleza esencial del ser.
Pero hemos ido muy lejos en esta conceptualización. Recojamos un poco las redes para continuar indagando sobre los orígenes de esta corriente psicológica y así podamos llegar el final a entender esto de “trascender la personalidad”.
Volvamos a las décadas de los 60 y 70. Investigadores como Abraham Maslow (estudios sobre la autorrealización) y Stalisnav Grof (estados alterados de la conciencia) se interesaron, desde sus respectivos lugares de observación, por aquellas experiencias “en que se da una expansión de la conciencia más allá de los límites habituales del ego y las limitaciones ordinarias del espacio.”[2] Lo que antes la psicología había descrito como patologías, emergían como aspecto esencial de la naturaleza humana. Es decir, que todos los seres tenemos esa dimensión trascendental. Con esta perspectiva, se evidenció que, si bien los modelos conductista y psicoanalista habían establecido importantes contribuciones al estudio de la naturaleza humana, de ellos resultaban también limitaciones importantes para la comprensión humana. La visión transpersonal, sin embargo no pretende suplantar estos modelos tradicionales de la psicología, sino más bien integrarlos y, coherente con su devenir, trascenderlos.
Y mientras estas cosas se debatían en los foros científicos, hubo varios factores que permitieron la emergencia y consolidación de la psicología transpersonal. Por una parte, la crisis cultural del sueño materialista encaminó a muchas personas en occidente hacia una búsqueda interior de la fuente de satisfacción que no habían podido obtener de los esfuerzos externos. Fue el surgimiento del movimiento del “potencial humano”, entre muchos otros, lo que permitió que muchos profesionales de la salud mental revaluaran sus conceptos de salud y motivación.

Otro factor importante ha sido la difusión masiva del uso de sustancias psicodélicas y de técnicas que alteran la conciencia como la meditación, la respiración, el yoga, entre otras. A partir de los últimos años de los 60, grandes cantidades de personas vivieron experiencias de conciencia muy intensas, completamente diferentes a las que habían tenido en su cotidianidad. Muchas de estas personas afirmaban tener experiencias realmente trascendentales que cambiaban completamente sus vidas. Esto a su vez, permitió ampliar la difusión y consecuente aceptación de prácticas no occidentales. La posibilidad de alcanzar un estado de ser tal como se ha concebido en momentos de meditación profunda o en la práctica de disciplinas no occidentales, atrajo y sigue atrayendo a un número cada vez mayor de personas.
Sin embargo, estas experiencias son de difícil expresión por parte de quien las vive, por lo que ha sido un escollo para la psicología validar y experimentar con estos métodos. Pero esta dificultad, ha supuesto también otro ángulo de experimentación científica. Ahora por ejemplo, sabemos con lujo de detalle (y mediciones) los efectos positivos de la meditación en el cuerpo y la mente de la persona que la practica. Ahora, las experiencias cercanas a la muerte ocupan con ávido interés a muchos investigadores y profesionales de la salud. Ahora la biorretroalimentación ha demostrado la posibilidad del control voluntario de todo el cuerpo (ritmo cardíaco, respiratorio, flujo sanguíneo, secreción hormonal, actividad gastrointestinal…) confirmando así lo que durante siglos habían descalificado los científicos occidentales sobre las extraordinarias capacidades de los yoguis. Coincidiendo con la afirmación de Walsh y Vaughan, “La psicología es principalmente la ciencia de la conciencia. Sus investigadores se ocupan directamente de la conciencia cuando es posible e indirectamente, mediante el estudio de la fisiología y del comportamiento cuando es necesario. En los últimos años parece estar produciéndose un cambio hacia una posición más equilibrada, que reconozca al mismo tiempo la importancia de la conciencia y las dificultades que encuentra la ciencia moderna para su investigación directa.”[3]
La investigación empírica nos lleva a un tercer punto
importante que ha permitido la emergencia de la psicología transpersonal: La ciencia misma, sustento de nuestros más rígidos cristales para mirar la realidad, ha cambiado dramáticamente durante el siglo pasado. La biología, la química y sobre todo la física, han mostrado que aquel universo atomizado, estático, divisible y no relativo sobre el que se sustentaba la ciencia, se abre ante una realidad holista, indivisible, interconectada, dinámica y relativa, función, y esto es lo más sorprendente, de la conciencia del observador que la observa. Estas observaciones demoledoras, que a veces parecen producto de la ciencia ficción, nos acercan como cultura a los postulados que durante siglos han mantenido filosofías y cosmologías no occidentales. “Los propios físicos han sugerido que algunos descubrimientos pueden ser considerados como redescubrimiento de una antigua sabiduría.”Entendiendo el contexto en el que se crea la psicología transpersonal, veamos ahora someramente, cuáles son los pilares conceptuales de este enfoque.
El modelo transpersonal asume que la conciencia es la dimensión central que sirve de base y de contexto a toda experiencia. La conciencia, de todas maneras, ha sido un punto central dentro del estudio psicológico en general, pero las posiciones y concepciones han sido muy diferentes. Así, mientras algunas corrientes han optado por ignorarla, por no considerarla observable, medible y cuantificable, otras han observado más los contenidos de la conciencia que a esta instancia en sí misma, como contexto de nuestra experiencia.
Para la psicología transpersonal, la conciencia habitual, la que mostramos cotidianamente, es un “estado restringido por una actitud defensiva.”[4] Este estado está constantemente bañado por un flujo incontrolable de pensamientos que tienen en principio, una función defensiva y de adaptación al mundo, pero que se encuentran completamente desbordados en nuestro interior.
Si este es nuestro estado habitual, existe para el modelo transpersonal, un estado óptimo, un estado hacia el que tiende el crecimiento psicológico en las personas.
A este estado, más amplio que el habitual, puede acceder cualquier persona, en cualquier momento, siempre que relaje la barrera defensiva del flujo de pensamientos. Y aquí ciencia occidental y sabiduría oriental se encuentran y se dan la mano. Tal y como enseña la antigua sabiduría oriental, “La tarea fundamental que da la clave de muchas realizaciones es el silencio de la mente. (…) en realidad, cuando se detiene el mecanismo mental se hace toda clase de descubrimientos, y el primero es que si la capacidad de pensar es un don notable, la capacidad de no pensar lo es aún más.”[5]Para la Psicología transpersonal, existen varios estados de conciencia, algunos de los cuales son realmente “superiores”, pues poseen las propiedades de estados anteriores y las trascienden. Estos estados, como es de suponerse, van más allá de los conocidos vigilia, sueño, embriaguez, delirio, y otros tantos señalados por la psicología tradicional, quien ha considerado que aquellos estados que se salen de la vigilia y el sueño, son casi todos nocivos pues se salen del estándar de “normalidad”. Aquí Walsh y Vaughan arrojan luz sobre la percepción habitual nuestra:
Si nuestro estado habitual se considera a partir de un contexto expandido, de ello resultan algunas implicaciones inesperadas. El modelo tradicional define la psicosis como una percepción de la realidad que, además de estar deformada, no reconoce la deformación. Visto desde la perspectiva de este modelo de múltiples estados, el nuestros habitual satisface esta definición en tanto que es sub-óptimo, ofrece una percepción deformada de la realidad y no alcanza a reconocer esa deformación. De hecho, cualquier estado de conciencia es necesariamente limitado y sólo relativamente real. De aquí que, desde esa perspectiva más amplia, se pueda definir la psicosis común estar apegado a, o encontrarse atrapado en, un solo estado de conciencia, cualquiera que sea.[6]
Creemos en un estado de realidad desde el cual vemos todo, como si fuera algo absoluto y desechamos aquellas percepciones que no son congruentes con él. La Realidad con mayúsculas. Sin embargo, la psicología y la física nos muestran ahora que la realidad que percibimos refleja nuestro propio estado de conciencia y que no podemos explorar la realidad sin hacer una exploración de nosotros mismos, porque somos y creamos dicha realidad.
Otro concepto que la psicología transpersonal toma como base para sus postu
lados, es el de condicionamiento. Según este modelo, estamos profundamente condicionados por la mente y, buena parte de ese condicionamiento obedece al apego[7]. “El apego se vincula íntimamente con el deseo y significa que el resultado del no cumplimiento del deseo será el dolor.” Por consiguiente, el apego desempeña un papel importante en la causa de sufrimiento y para aliviarnos de él, es necesario renunciar al apego.Resumiendo. Consideramos que la realidad es aquello que percibimos en nuestro estado de conciencia habitual, muy relacionado con el de vigilia. Pero esa percepción está inundada por un océano de pensamientos y fantasías que nos colocan en una permanente posición defensiva. ¿Qué defendemos? Nuestra identidad, aquello que pensamos que nos constituye y que no debe ser vulnerado. Y por ello peleamos, sufrimos y nos sentimos cada vez más vacíos, porque nuestros deseos, nuestros apegos son constantemente puestos en tela de juicio. Porque nunca seremos lo suficientemente (espacio para llenar con adjetivos del tipo, guapos, ricos, inteligentes, amados, respetados…)
Empezamos a vislumbrar otro componente de nuestro proceso psíquico: estamos atrapados en un constante drama personal, que además nos constituye y nos da una identificación. Y aquella percepción “psicótica” que tenemos de la realidad, consiste básicamente en que, si la conciencia se identifica con el contenido mental, este contenido se convierte en el contexto desde el cual se observa cualquier otro contenido o experiencia. “Así, el contenido convertido en contexto interpreta ahora otro contenido y determina el significado, la percepción, la creencia, la motivación y el comportamiento, todo de manera que sea congruente con ese contexto y lo refuerce.”
Suena a trabalenguas, pero no es tan complicado. Veamos un ejemplo.
Debido a este caudal de pensamientos con los cuales nos identificamos, permanecemos en una especie de “hipnosis”. El proceso hipnótico se caracteriza por la ausencia de conciencia de dicho estado. Todo el entramado de ideas y de acciones que ocurren en ese estado se vivencian como reales por parte del actor. De esta forma, el Ego emerge y existe desde el momento en que la percatación se identifica con el pensamiento, que constituye la constelación de pensamientos con los cuales nos identificamos y que es además una ilusión producida por una percatación limitada.
Esta red de conceptos del modelo transpersonal, describe el estado mental en el que nos encontramos habitualmente. Un estado “Esqueyo”, en el que el ego, identificado con una cantidad enorme de pensamientos que considera como su “mi mismo”, se defiende o se siente agredido ante todo lo que le rodea. Se cierra en su marco de referencia y retroalimenta sus creencias con comportamientos y vivencias que confirman esa identificación. Es así como nos agarramos con uñas y dientes de aquello que nos soporta como personas y lo defendemos aún a costa de nuestro bienestar.[10]

¿Y cómo podemos salir de ese estado tormentoso de sufrimiento? Desidentificándonos progresivamente del contenido mental en general y de los pensamientos en particular. Es emprender el proceso que los orientales llaman, de despertar. Para la mayoría, este es un proceso lento, paulatino y en muchos casos arduo, en el que “un refinamiento gradual de la percepción da como resultado que la percatación se vaya despojando de capas o niveles de identificación cada vez más sutiles. Finalmente esa percatación ya no se identifica con nada.”[11] Esto es lo que se conoce como iluminación o liberación. Cuando ya no hay identificación con nada, la persona trasciende las dicotomías yo/no yo, yo/mundo, todo/nada. En este estado se ha trascendido además el espacio tiempo, puesto que se está identificado con todo y nada a la vez. En el estado de percatación pura, no hay ya identificación con la mente, no hay identificación con la persona. Si no hay identificación con emociones y pensamientos dolorosos, no hay sufrimiento. Es decir, que la causa del sufrimiento es la identificación.
Esta finalidad que trasciende la persona es la que durante siglos se ha buscado en las culturas de oriente. Esta es la revolución. Al final, la ciencia en general y la psicología en particular han descubierto que los marcos de referencia con los cuales se ha identificado esta cultura no son adecuados, no nos hacen felices y descubre que los postulados de la sabiduría milenaria de Oriente encierran elementos útiles que nos presentan, no un personaje racional y dirigido al éxito, sino un personaje unido con el Todo, en paz consigo mismo y con lo que le rodea, sabio, compasivo y, en última instancia, feliz, que habita en un universo interconectado, dinámico, holista y relativo.
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[1] Walsh, R.; Vaughan, F.: “Más allá del Ego”. Barcelona, Ed. Kairós, 2001.
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Satprem: “Sri Aurobindo or the adventure of consciousness”, 1968. En R. Walsh y F. Vaughan, 2001.
[6] Wals, R., Vaughan, F., Opcit.
[7] Como vemos, todos estos planteamientos se encuentran íntimamente ligados con los postulados de la sabiduría oriental. Por decirlo breve y rápido, la psicología transpersonal es una “occidentalización”, una adaptación de los planteamientos de oriente a nuestro marco de referencia en occidente. Pero, al fin y al cabo, esto mismo está pasando en toda la ciencia, así que sencillamente, nos hacemos más integrales, más complejos, más vinculados como culturas del mundo.
[8] El ejemplo es bastante elemental, pero sabemos que estamos reglados por un montón de creencias que se hacen naturales: “eso no es cosa de mujeres”, “eso es sólo para hombres”, “la homosexualidad es contranatura”, “no eres nadie si no temes a dios”, “si no tienes dinero y éxito social eres un fracaso”, “si no tienes pareja no vales nada”, “nadie te querrá como tu madre”, “los hijos son la alegría del hogar”… Casi todas creencias que amenazan con nuestra inminente aniquilación al no ser nadie o no valer nada. Y colocamos nuestros esfuerzos de búsqueda eterna de esos patrones con tanto ahínco que nos enmarcamos en otra identificación que retroalimenta a las otras: “cuando tenga, haga, logre, gane (…) seré feliz” que es lo mismo que decir “seré”.
[9] Wals, R., Vaughan, F., Opcit.
[10] Además de correr una eterna maratón por alcanzar una felicidad que siempre nos es esquiva, nos encontramos desarrollando un montón de acciones que validan esas creencias que nos sostienen. El estado “esqueyo” está repleto de afirmaciones que comienzan con esa muletilla.
[11] Wals, R., Vaughan, F., Opcit.
[1] Walsh, R.; Vaughan, F.: “Más allá del Ego”. Barcelona, Ed. Kairós, 2001.
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Satprem: “Sri Aurobindo or the adventure of consciousness”, 1968. En R. Walsh y F. Vaughan, 2001.
[6] Wals, R., Vaughan, F., Opcit.
[7] Como vemos, todos estos planteamientos se encuentran íntimamente ligados con los postulados de la sabiduría oriental. Por decirlo breve y rápido, la psicología transpersonal es una “occidentalización”, una adaptación de los planteamientos de oriente a nuestro marco de referencia en occidente. Pero, al fin y al cabo, esto mismo está pasando en toda la ciencia, así que sencillamente, nos hacemos más integrales, más complejos, más vinculados como culturas del mundo.
[8] El ejemplo es bastante elemental, pero sabemos que estamos reglados por un montón de creencias que se hacen naturales: “eso no es cosa de mujeres”, “eso es sólo para hombres”, “la homosexualidad es contranatura”, “no eres nadie si no temes a dios”, “si no tienes dinero y éxito social eres un fracaso”, “si no tienes pareja no vales nada”, “nadie te querrá como tu madre”, “los hijos son la alegría del hogar”… Casi todas creencias que amenazan con nuestra inminente aniquilación al no ser nadie o no valer nada. Y colocamos nuestros esfuerzos de búsqueda eterna de esos patrones con tanto ahínco que nos enmarcamos en otra identificación que retroalimenta a las otras: “cuando tenga, haga, logre, gane (…) seré feliz” que es lo mismo que decir “seré”.
[9] Wals, R., Vaughan, F., Opcit.
[10] Además de correr una eterna maratón por alcanzar una felicidad que siempre nos es esquiva, nos encontramos desarrollando un montón de acciones que validan esas creencias que nos sostienen. El estado “esqueyo” está repleto de afirmaciones que comienzan con esa muletilla.
[11] Wals, R., Vaughan, F., Opcit.
